Gitana mia, tercera parte
La Luna se extendía sobre el cielo más grande y redonda que nunca. Sólo el páramo y un jinete cortaban su silueta. Era Antonio que corría en el viento, montado sobre su corcel Quimera.
-Quimera, corred tan rápido como puedas sea que lleguemos a Sevilla hoy mismo si es necesario.- El caballo pareció comprender y apuró el paso.
Mientras en el castillo del duque de Sidonia, el duque y sus invitados esperaban con impaciencia la presencia de Antonio.
De pronto, un mensajero interrumpió la espera –Don Fernando, el padre Anselmo desea hablar con usted.
No deseo confesión hoy- contestó.
Dice que tiene noticias de Antonio.
¿Por qué no lo habéis dicho antes? ¡Hacedlo pasar! Entró el anciano con paso lento al salón. Después de hacer reverencias, habló: Excelentísimo señor. Antonio se ha marchado a un viaje
¿No os informó a donde?- Preguntó el duque
No, solo hablo de una “ella”.
¡Esto es inaudito! ¡Se ha marchado quien sabe donde y sólo por una “ella”!. La mente del duque se revolvía en mil y un pensamientos: ¿Y si ella fuera una pastora? ¿O peor aun, una gitana? Le dijo al rey: Su majestad ¿me haríais el favor de pasar al comedor? No quiero importunaros con palabras viles nacidas de la ira.
-Comprendo Fernando. Esperaré que la cena compense el desaire de vuestro hijo.
Podéis estar tranquilos. La cena digna de vos es en verdad.
Mientras el rey y su familia cenaban, se oyó a don Fernando increpando duramente al padre Anselmo. Éste, por su parte, se quejaba de no haber detenido a Antonio, el cual se hallaba muy lejos del castillo ya.
Aun así, tres días le tomo a Antonio llegar a Sevilla. Estaba cansado, sediento. Únicamente pensaba en ver a su gitana, pues para él ya era suya. No reparo en el Guadalquivir ni, tampoco en la imponente catedral que saluda al visitante. Sólo buscaba el campamento gitano.
Rodeó tres veces la ciudad y nada encontró. Preguntó a los aldeanos, mas nada sabían. Sólo un viejo, medio loco ya, le dio una pista.- Los gitanos que vivían en las afueras se mudaron a. Valencia. Puede que allí se halle la que buscáis.
Antonio no sabía que hacer. Si quedarse a esperar su regreso, volver tras sus pasos o marchara a Valencia. Una Voz femenina le dijo: Ve a Valencia.
Antonio se volvió. Pero no había nadie.
¡Quimera, seguiremos viaje! ¡A Valencia!


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