cuentos

Wednesday, December 07, 2005

Gitana mia, quinta parte

Al anochecer llego a la ciudad. Madrid brillaba con mil y un colores, sonidos y formas. La ciudad estaba celebrando los veinticinco años de reinado de su majestad. Para ello organizo un carnaval al cual estaban invitados los mejores artistas de España.
Mas nada de eso le importaba a Antonio. El solo deseaba encontrarla. Tuvo la fortuna de encontrar rápidamente su campamento.
Se acerco y la vio. La gitana estaba sola y ensayando su actuación en el carnaval. Antonio había esperado tanto tiempo, había recorrido tantos lugares, había dejado tantas cosas atrás. Y todo por volverla a ver. Esa noche lo había conseguido.
Con las pocas fuerzas que le quedaban se acercó aún más. Ésta, al ver a este joven sucio y mal vestido, no pudo evitar el realizar una mueca se desagrado.
-Joven gitana –comenzó a decir- hace mucho tiempo que deseaba veros. Por seguiros he recorrido toda España, esperando esta oportunidad para deciros que no podría volver a vivir lejos de vos.
Me halagas, joven hispano. Mas yo no puedo corresponderos. Estoy comprometida ya. Y no estoy interesada en ir en contra de mi compromiso. Menos por un cadáver pútrido como vos.
¿Eso es todo lo que tenéis que decir?
Sí, amo a mi novio y no lo cambiaria por vos, no importa cuanto digáis amarme. Preferiría no volver a veros.
¡Cuanta razón tenia el padre Anselmo al decir que nunca entrara en tratos con gitanos!- se lamentó.
No permitiré que ofendáis de esa forma a mi pueblo. ¡Marchaos y que no os vuelva a ver!- le espetó la gitana.
La gitana lo había rechazado. Su cuerpo no resistió el impacto y cayó a tierra inconsciente. Mas no era su hora de morir. Tras duras penas consiguió despertar. Ya era de mañana. La gitana no estaba allí.
Y no estaría más. Todo su fantástico viaje había sido inútil. Comenzó a caminar sin sentido, esperando que la muerte aliviara el peso de sus cansados huesos. Sin darse cuenta se dirigió a la plaza mayor. La gente ahora huía de él, ueste su ropa estaba ajada y sucia.
Solo una joven le dirigió la palabra.-Este no es lugar para mendigos.
Antonio levanto la mirada para contestarle, pero se detuvo. La joven era tan bella y tan dulce que de pronto olvido todo lo que sufrió por la gitana.
-Mi señora, ha de saber que no soy un mendigo, soy un viajero fatigado y antes fui el hijo de un conde.-Sacóse su abrigo y le mostró el escudo de su familia.
Antonio Núñez de Burgos- exclamo la joven.- Al fin os he conocido. Sonrió
¿Porque reís?
Pues yo soy a la que abandonaste por un viaje. Soy Matilde de Borbón.
Su alteza- instintivamente se arrodilló- Los motivo por los que os desairé son personales y no podría exponerlos en una plaza.
Entonces- dijo ella- Solo os perdonaré si me acompañáis a palacio y me referís la historia entera.
Será un placer- Dijo Antonio.
A Antonio le tomo un mes completo contarle su historia a la infanta. Durante ese tiempo la princesa y él se enamoraron, y al cabo de un año se casaron.
Antonio nunca mas recordó a la gitana, pues había encontrado el amor en la princesa y supo que el amor es de dos, el resto es sólo una ilusión.

Fin

Tuesday, December 06, 2005

Gitana mia, cuarta parte

De eso han pasado ya seis meses. De Sevilla marchó a Valencia, mas tampoco encontró gitanos allí. Antonio recorrió villa y valle, ciudades y poblados, llanuras y ríos. De norte a sur, de oeste a este, conoció más de la mitad de España.
Los días se sucedían, arrastrando al sol y la luna. Sólo el recuerdo febril de la gitana danzando no conseguía desvanecerse. Solo el deseo de verla otra vez lo mantenía despierto. Seguramente la gitana también debía de querer conocerle.
Quimera era el único que le había acompañado en todo este período. Mas Antonio percibió que la fatiga lo estaba matando. No quiso compartir ese destino con su corcel. Fue por eso que se bajó y le comenzó a hablar con lágrimas entre los ojos:
- Quimera, amigo mío, juntos hemos seguido una que comparte tu nombre, una ilusión. Habéis sido bravo y fiel como ninguno, mas vos no debéis morir por mi deseo. Ve a casa que allá os cuidarán bien.
El caballo seguía allí. Antonio le retiró la montura y las riendas.
Vete ya- le dijo-No me hagáis mas difícil esta despedida. Quimera parecía querer seguirlo. Antonio se marchó y no dijo más. Hubiera sido inútil. Ahora debía viajar solo.
Vendió los objetos junto con su sombrero, y compro alimento además de un sable para defenderse de los bandidos. Por ultimo compro un bastón, pues se le estaba haciendo difícil el caminar.
De esta forma Antonio siguió viajando por espacio de cuatro meses más. Pero el final de su viaje se acercaba.
El pueblo al que llego ese día no parecía diferente de los demás. Quizá ya había estado allí antes. Pero había algo diferente en aire. Un perfume de mujer. Un aroma de fuego. Ella había estado aquí hasta hace poco, no había duda. Un rayo de esperanza le devolvió los ánimos. Le pregunto a un aldeano: Buen hombre ¿Habéis visto a unos gitanos por casualidad?
Sí- –respondió- ellos han salido para Madrid. Se han de presentar delante del Rey. Buenos músicos y hermosas bailarinas. Sobretodo una joven que…
…Parecía estar poseída por el fuego.
-Sí ¿Cómo lo supo?
-Solo lo sé. Decidme ¿Dónde podría conseguir un buen caballo?
-¿Para que habéis de hacer eso? Madrid está sólo a una jornada de camino. Deberíais de llegar al amanecer. Solo Seguid al norte.
Antonio sintió que su cuerpo recobraba fuerzas, que su corazón comenzaba a latir con una energía que no recordaba. Comenzó a corre tan ligero que ni el viento fue capaz de alcanzarlo. Olvido el cansancio y la falta de sueño. Solo quería verla otra vez. Y que esta vez durara para siempre.

Monday, December 05, 2005

Gitana mia, tercera parte

La Luna se extendía sobre el cielo más grande y redonda que nunca. Sólo el páramo y un jinete cortaban su silueta. Era Antonio que corría en el viento, montado sobre su corcel Quimera.
-Quimera, corred tan rápido como puedas sea que lleguemos a Sevilla hoy mismo si es necesario.- El caballo pareció comprender y apuró el paso.
Mientras en el castillo del duque de Sidonia, el duque y sus invitados esperaban con impaciencia la presencia de Antonio.
De pronto, un mensajero interrumpió la espera –Don Fernando, el padre Anselmo desea hablar con usted.
No deseo confesión hoy- contestó.
Dice que tiene noticias de Antonio.
¿Por qué no lo habéis dicho antes? ¡Hacedlo pasar! Entró el anciano con paso lento al salón. Después de hacer reverencias, habló: Excelentísimo señor. Antonio se ha marchado a un viaje
¿No os informó a donde?- Preguntó el duque
No, solo hablo de una “ella”.
¡Esto es inaudito! ¡Se ha marchado quien sabe donde y sólo por una “ella”!. La mente del duque se revolvía en mil y un pensamientos: ¿Y si ella fuera una pastora? ¿O peor aun, una gitana? Le dijo al rey: Su majestad ¿me haríais el favor de pasar al comedor? No quiero importunaros con palabras viles nacidas de la ira.
-Comprendo Fernando. Esperaré que la cena compense el desaire de vuestro hijo.
Podéis estar tranquilos. La cena digna de vos es en verdad.
Mientras el rey y su familia cenaban, se oyó a don Fernando increpando duramente al padre Anselmo. Éste, por su parte, se quejaba de no haber detenido a Antonio, el cual se hallaba muy lejos del castillo ya.
Aun así, tres días le tomo a Antonio llegar a Sevilla. Estaba cansado, sediento. Únicamente pensaba en ver a su gitana, pues para él ya era suya. No reparo en el Guadalquivir ni, tampoco en la imponente catedral que saluda al visitante. Sólo buscaba el campamento gitano.
Rodeó tres veces la ciudad y nada encontró. Preguntó a los aldeanos, mas nada sabían. Sólo un viejo, medio loco ya, le dio una pista.- Los gitanos que vivían en las afueras se mudaron a. Valencia. Puede que allí se halle la que buscáis.
Antonio no sabía que hacer. Si quedarse a esperar su regreso, volver tras sus pasos o marchara a Valencia. Una Voz femenina le dijo: Ve a Valencia.
Antonio se volvió. Pero no había nadie.
¡Quimera, seguiremos viaje! ¡A Valencia!